Todavía no había llegado al punto donde un niño pasa a ser joven, cuando muchas de las cosas que hasta ese momento venían sosteniendo mi vida en una “normalidad”, empezaron a desmoronarse.
Si bien tenía unos padres, que con su mejor intención, habían intentado darnos cosas buenas, la falta de herramientas en la vida, la falta de contención que ellos mismos vivían y la ausencia de dirección hacia donde caminar,  hizo que la familia, que ya venía a los tumbos, definitivamente se declarara “rota”, con todo lo que eso implicó: venta de la casa familiar, cada uno fue a vivir por su lado, etc”¦
En medio de ese agite de separación, se sumó que tuve un accidente manejando un auto con 15 años, y como consecuencia del mismo, falleció una señora mayor. La situación contribuyó grandemente al caos en el cual ya estaba sumergida la familia.
Las aguas parecieron calmarse luego de que cada uno de nuestros padres, con vida nueva, casa nueva y pareja nueva luego de la separación, iniciaran un nuevo camino. Pero para nosotros fue casi el principio del fin. Desde ese momento, detalles más detalles menos, quedamos los tres hermanos viviendo solos en un departamento, con 20, 16 y 14 años.
Desde ahí, nuestro rumbo, nuestros límites, nuestra moral, la empezó a determinar “la vida”. Ya que a nuestros padres, por diferentes motivos empezamos a verlos cada tantos meses. No éramos aceptados por sus nuevas parejas (aunque tampoco éramos tan fáciles), y ellos, en su ignorancia, preferían mantener su nueva relación que hacerse cargo de sus hijos, aunque el costo fuera quedarse solos.
En otras palabras, el enemigo los llevó a que pensaran primero en su propia supervivencia emocional y mental,  que en el bienestar de sus hijos. Quedamos a la deriva.
A partir de ahí fueron muchos años de verdadera perdición, aunque en la mente de un joven de 16 años era el “paraíso”; Imagínense: vivir solo, tener la posibilidad de elegir qué hacer, con quien estar, donde ir, hasta qué hora dormir, todo, sin que nadie pusiera un límite. Era como ser mi propio padre y madre.
Las consecuencias fueron años de droga, de violencia, de perversión, de odio, de rencor, resentimiento, amargura, pero todo, con la careta de “está todo bien”. De la cara para afuera era el más piola de todos, el más feliz, el más, más. Internamente, sin darme cuenta, me estaba partiendo, secando,  vacío, muriendo.
Ya a nuestros papás los veíamos en alguna que otra navidad o cumpleaños, no más que eso. Nuestra familia eran los amigos, los conocidos. Recuerdo que siempre trataba de quedarme a dormir los sábados a la noche en la casa de alguno, cosa de que el domingo me levantara y hubiera “una familia”. Así pasaron largos años de rechazo, de abandono, peleando por ser alguien, por no dejarme pisar, por sostener la cabeza fuera del agua, por sobrevivir sin saber a dónde ir realmente.
Uno de los momentos más fuertes fue cuando con 21 años, luego de una noche con amigos donde nos habíamos estado drogando, me llevaron de urgencia al hospital con una crisis de “no sé qu锝. Lo poco que recuerdo es que el corazón se me salía por la boca, que me sentía morir, como si algo por dentro estuviera por explotar. Me llevaron al local que una empresa de emergencias médicas tenía en la Avenida Rafael Núñez, eran como las 3 de la mañana de un día de semana, de invierno. Mis amigos me bajaron del auto y se fueron. Entré solo, caminando, diciéndoles que me sentía mal. Trataban de hacerme un electrocardiograma y no podían por cómo me movía. De repente les pedí que me internaran, y empezaron a preparar todo para eso. Llamaban por radio, pedían órdenes, etc”¦ hasta que de repente me levanté de la camilla y salí caminando del lugar. Tomé un taxi y di una dirección. El chofer me despertó al rato en la puerta de la casa de mi papá. Esa noche dormí ahí, mi viejo no entendía nada. Desde el día siguiente no me drogué nunca más en mi vida. Era como si hubieran “extirpado” algo, desde adentro, la noche anterior. No puse ningún esfuerzo. Es como si fuera algo que nunca hubiera hecho, y hasta lo consideraba una estupidez. Muchos años después, el Señor me dijo que aquella noche literalmente había sacado de mí el demonio de la droga, que había sido literalmente una liberación.
Desde ahí la vida continuó casi igual. Seguí haciendo y viviendo como hasta ese momento, pero sin droga. Seguían las peleas en la calle, las fiestas sin control, el alcohol, pero sin droga.
Cuando tenía 25 años llegó el tiempo de emigrar. Como no tenía mucho sentido la vida en general (no estudiaba, no trabajaba, vivía al vicio), decidí probar “suerte” en otro país, a ver si eso le daba algo de sentido a la existencia, que ya empezaba a asquearme. Vendí el pequeño auto que tenia, y recuerdo que compré un pasaje a Miami y me fui con 800 dólares. El pensamiento era así: me voy, pruebo suerte a ver si consigo trabajo y dónde vivir. Esos 800 dólares alcanzaban para sobrevivir un mes aproximadamente. En el peor de los casos, si me iba mal, tenía el pasaje de vuelta. Me tomaba el avión de regreso a Córdoba, y volvía a la misma basura de siempre. No habría perdido mucho.
Así llegué en diciembre del 98 a Estados Unidos, con una mochila, la plata, y un número de teléfono de un pibe cordobés que ya estaba instalado allá. Lo llamé, y entre idas y vueltas terminé viviendo en su casa. A los pocos días conseguí trabajo y listo, ya estaba instalado. Ya el plan  de regreso estaba abortado.
Ahora el segundo paso era encontrar al “Fede”, un sanjuanino con el cual había compartido viviendo en Córdoba tiempo antes de partir,  ya que encontrarlo significaba no solo ver al amigo que hacía más de un año que no veía, sino era asegurarse que la fiesta de Miami estuviera a nuestros pies.
Pero Dios ya había cambiado los planes hacía rato, pero como siempre, uno se entera después, jaja. Cuando empiezo a preguntar quién conocía a Fede el sanjuanino, etc, etc. me terminan dando la dirección de una pizzería cerca de la playa. Una tarde, a la semana más o menos de que ya estaba instalado, decido ir a reencontrarme con el y ver si podíamos armar alguna salida nocturna, que era una de las principales esperanzas que tenía en ese momento. Al llegar al lugar (era un pequeño local rectangular de 3 metros de frente por 7 de fondo) parado en el mostrador estaba Fede, pero parecía otra persona. Le digo ”“Fede, a lo cual me respondió con ”“como le va varón de Dios”¦.
Ahí se me movió toda la estantería. Iba a buscar emociones fuertes y me encontraba con este loco que me decía: cómo le va varón de Dios. Pensaba: este se volvió loco o está tomando una droga muy fuerte.
Le pidió al compañero que lo cubriera unos minutos y cruzamos la calle hasta la playa. Era nochecita ya. Ahí me empezó a contar que había llegado a Miami para descansar de tanto descontrol que había vivido en España, y que un día, estando sentado o tirado por ahí, se le paró Jesús al lado, y le predicó el evangelio. Desde ese día su vida había cambiado para siempre (yo doy fe que así era). No le importaba más nada que servir a Cristo, que vivir para Dios. Imaginen mi cara, y mis pensamientos. Al día siguiente me invitó a un desayuno devocional, al que fui, pero  fue lo último que hice con él.  Todavía no era mi tiempo, ya que me empecé a alejar de él, y empecé a buscar lo que realmente había ido a buscar, vida fácil, fiesta, emociones.
Entre idas y vueltas pasé unos cuatro años viajando. Hacía temporada en Miami, luego me cruzaba a Mallorca para hacer el verano europeo trabajando, luego viajaba unos cuantos meses por distintos lugares del mundo, pasaba por Córdoba a visitar amigos, y seguía el recorrido otra vez.
A principio del 2003, luego de haberme encontrado con una “novia” de hacia años, tomo la decisión de volver a vivir a Córdoba, supuestamente con la ilusión puesta en ese “amor”. Años después me di cuenta que había sido el plan que Dios armó para traerme al lugar donde debía conocerlo y sanar todas las cosas.
Me instalé en una casa solo, empecé a trabajar, y supuestamente estaba viviendo el mejor momento de mi vida: con la mujer que “soñaba”, habiendo cumplido el desafío de vivir en el exterior, con trabajo nuevo. Las cosas parecían ir muy bien. Hasta que de repente, a los tres o cuatro meses de haber vuelto, todo se desmoronó.
Iba llegando a trabajar (tenía un bar con un amigo en la calle Bv. San Juan) y al entrar sentí que el mundo se caía. Empecé a sentir un terror de muerte que empezó a invadirme por completo y que me dejó paralizado. Le digo a mi amigo “colorado hacé algo porque me muero”. La sensación era como que me hubieran desenchufado de la corriente, no tenía fuerza ni para estar parado, y sentía la pata de un elefante pisándome a la altura del pecho, pero no como dolor, sino como asfixia. El sentimiento era de “terror” de muerte.
Llamaron ambulancia, vinieron, revisaron, pero nada, físicamente estaba bien. No había explicación. Llamé a mi novia, nos fuimos a casa. Iba cayendo la noche y la sensación era espantosa. No podía vivir, pero no era algo físico. No aguantaba estar despierto, no soportaba, no tenia paz.
Esa noche pasó algo muy particular. Nunca había pasado antes, ni jamás luego volvió a suceder. Suena el teléfono.
Digo: -Hola quien habla
Del otro lado: -Ehhh, soy Jorge, el brasilero de Mallorca.
Era un pibe que había conocido en mis viajes, que si bien podría haber conseguido mi número de alguna forma, lo que me dijo fue lo que me dejó sin palabras.
Le dije: -Eyy Jorge cómo estas, tanto tiempo.
-Bien. Mira, te llamo para decirte que tu problema no es tu novia, que tu problema no es tu familia, que tu problema no es tu trabajo. Tu problema es que te has alejado de lo espiritual, y que la llave está adentro tuyo. Chau, chau”¦
Quedé tildado. Pero estaba tan mal de ánimo que tampoco le di mucha importancia.
Desde esa noche, cada vez que quería dormirme un zumbido daba vueltas en mi mente, como queriendo volverme loco. Cuando lograba dormirme, era las únicas horas donde podía estar en paz. Apenas despertaba el pensamiento era: nooooo, quiero seguir durmiendo para no sentir esto que siento. No aguanto pasar el día despierto, noooooooo.
Pero tenía que levantarme e ir a trabajar, vivir. Empecé a llorar frente al espejo a cada rato, sin entender que pasaba. Recuerdo que lloraba frente al espejo y preguntaba ¿Qué es esto? ¿Qué me está pasando? En esos días empecé a ir a la casa de mi mamá. Llegaba (recuerden que ya tenía 30 años), y me ponía a llorar en su falda, desconsolado, como un niño. Y pasaba largos minutos así, luego me iba. También empecé a ir a la casa de mi papá.
Le agarraba su mano y la pasaba por mi cara como acariciándome, y le decía: “decime que me querés por favor”, mientras lloraba como un niño. Fueron días muy difíciles. Estaba emocionalmente destrozado. Se ve que después de muchos años de orgullo, soberbia y altivez, era la forma de bajar la guardia para que me diera su gran golpe de amor.
Así pasaron varias semanas. Empecé a ir a una psicóloga, hacia cualquier cosa que me pudiera sacar de ese estado. Pero era cada vez peor, y ya no sabía qué hacer.
Una semana, durante 3 o 4 días seguidos también sucedió algo curioso. Llegaba de trabajar y alguien tocaba la puerta. Me decía que venía de parte de Dios para decirme que me amaba, que me estaba buscando.
Bueno, ok, decía yo. Cerraba tiraba el folleto y seguía viendo tele. Al rato tocaba la puerta otra persona y me decía: tengo un mensaje de Jesús, que él te está buscando para salvarte”¦. Uhhh que pesados estos tipos pensaba yo por dentro.
Al día siguiente: toc, toc, la puerta de nuevo. Otra persona. ¿Si, quien es? Mira, vengo de parte de Dios para decirte que él te ama, que quiere darte una vida nueva”¦
Bueno, bueno, gracias”¦ decía yo. Así pasaron como tres o cuatro días seguidos.
Una noche, estaba sentado solo en la puerta de casa, y me invadió de nuevo esa sensación de angustia, de desconsuelo, de ganas de llorar como un niño. Voy hasta adentro de la casa, agarro uno de los folletos que me habían dejado, que tenia escrito todo el plan de salvación.
Me acuerdo que lo agarré y dije: “mirá, no sé si existís o no existís, cómo sos, , dónde estás, no s锦  ahora, si vos me sacás esto que yo tengo acá (me toqué como adentro del pecho, donde sentía la angustia que no me dejaba vivir mas), te doy todo. Mi vida, mi plata, todo lo que soy te lo doy, pero sacame esto de acᔝ.
Pero a mis ojos no pasó nada. Pero si había pasado. Tiempo después Dios me reveló que en ese momento se había producido el nuevo nacimiento.
Igual yo seguí en crisis, y a los días voy a visitar a un amigo, cuya madre hacía tiempo que nos invitaba a la iglesia, a los campamentos, etc. Nosotros siempre la habíamos esquivado. Ese domingo estábamos los tres en su casa viendo una película (ella después me contó que había estado orando durante toda la peli), y al terminar me levanto, me invade de nuevo esa sensación de ganas de llorar desconsolado como un niño, la abrazo y le digo: hoy te acompaño a la iglesia. Abrió los ojos como dos soles grandes, y al rato nos fuimos”¦ Llegué y era como que todo estaba preparado para mí, como que me hablaban solo a mí, fue maravilloso. Fue por el año 2003.
Y se está cumpliendo, poco a poco, lo que esa noche le había dicho: desde aquel día, toda mi vida iba a ser para Él.
Guillermo Enrico

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