Hay fenómenos, cualidades o simplemente esencias que difícilmente pueden explicarse. A menos a modo conceptual. Es que, ¿podremos enmarcar a la eternidad en un concepto? ¿Es acaso factible enseñar la adoración sin la vivencia? ¿Se podrá enseñar de humildad sin rozarse con un matiz de vanidad?
Gracias a Dios por regalarnos la impartición. Esa bendita influencia que a veces se da por el sólo hecho de compartir una vivencia.
Desde esta plataforma no pretenderemos enseñar la eternidad. Apenas ofrecer un poco de luz para poder edificarnos mutuamente.
No podremos en este tiempo, no con una mente que aún no ha sido totalmente renovada a la mente de Cristo, comprender la eternidad. Pero sí podemos compartir lo que hasta aquí por gracia recibimos.
Es en el plano eterno donde los imposibles se desvanecen. Adonde el tiempo y espacio como lo concebimos pierden su cualidad de infranqueables. Es aquí donde ir al pasado para torcer la historia es factible. Adonde comprender lo que acontecerá a fin de ajustar la mira deja de ser utópico.
Es en la eternidad donde vivir el Génesis es tan apocalíptico como el viaje del anciano Juan. ¿En el cuerpo o en el espíritu? Aquí no tiene caso ello.
Es gracias a la eternidad que podemos ir al diseño original de todas las cosas para enderezar el rumbo de una Iglesia que gime por captar la forma de lo que siempre fue, es y será.
¿Por dónde comenzar? Bueno, la palabra dice que Él puso eternidad en el corazón del hombre. Profunda y misteriosa habitación que el Padre creó para su mismo deleite. El corazón.
¿Será que la revelación estuvo siempre allí? Conocer a Cristo, trata muchas veces de descubrir lo que hay adentro de nosotros.
Un corazón quebrantado, el boleto de primera clase para bucear en el mar de la revelación. Todo es posible!

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