Por Dr. Sebastián Palermo

En mi escrito anterior, “La salud a partir de una mente transformada”, compartía la definición de salud partiendo de la manifestación del Reino en nuestras vidas. Manifestar el Reino, es en esencia manifestar a Cristo. Esta verdad, cobra sentido cuando leemos en Juan 1:4 que “en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.

A lo largo de los siglos la ciencia, desde sus orígenes egipcios, se ha mantenido en vilo por conquistar una quimera: crear vida. Son numerosos y notorios los descubrimientos  y avances realizados. Pero nunca se pudo crear vida. Porque la vida está en Jesús y ésta es luz para nosotros.

En la medida que esa luz se nos revele, un mayor conocimiento de Dios tendremos una mayor manifestación de la vida. Necesitamos erradicar de nuestros pensamientos la concepción de la vida como la ciencia la plantea. O como de alguna manera nos la enseñaron.

La vida eterna

Hemos crecido bajo una percepción de la vida como algo transitorio. Que termina cuando físicamente nuestro corazón deja de latir. El limitar la vida a este pensamiento hace que se sostenga una “ideología social” de cautividad de muerte. Decíamos que la vida se manifiesta en la medida que tenemos luz, que tenemos revelación. Es por ello que en Juan 17: 2-3 dice: (hablando del Hijo) “como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que les diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti…”

Como Iglesia, tenemos una cosmovisión errada acerca de la vida eterna. Y, en la medida que la Luz de Dios nos alumbre, una mayor y concreta revelación de lo que es la vida eterna tendremos. De chiquito aprendí que la vida eterna empezaba cuando moríamos físicamente. Entonces íbamos al cielo en donde estaríamos todo el tiempo delante del trono diciendo santo, santo, santo y eso sería todo. Debo confesar que no me alentaba mucho esta visión. Hoy comprendo que la vida eterna comienza cuando atravesamos la cruz. La cruz es como una puerta. Una vez que la atravesamos, y avanzamos, la luz nos va mostrando y revelando el camino. La vida eterna, es conocer a Dios. Nuestra luz debe ir en aumento.

¿Qué significa conocer a Dios?

Pablo pide en su carta a los efesios, que Dios nos “dé espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de Él. Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos..” Ef. 1:17-18

El apóstol clama por una mayor revelación del conocimiento de Dios. Junto con ello, intercede por los “ojos del corazón”.

Recientemente, uno de los descubrimientos de la medicina en cuanto a los ojos tiene su epicentro en la glándula pineal. Se pudo observar que dicha glándula libera una hormona llamada melatonina. La misma, responde e informa acerca de las variaciones de luz que se generan en el ambiente. Tiene sentido con lo que Pablo pide sumado a que la vida está en la luz. Los ojos del corazón. En realidad, lo natural es un reflejo de lo espiritual.

Es justamente en el corazón adonde se forman las concupiscencias, los deseos. Y son éstos los que nos motivan a hacer lo que hacemos. En la medida que la luz de Dios nos alumbre, iremos conociendo más al Padre y ello, sin dudas, será la abundancia de vida en nosotros. Para lograrlo, es clave limpiar nuestros corazones de toda motivación desviada. Sea la eternidad en nuestras vidas!

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